San Martín y Artigas por la Independencia

Cuando Buenos Aires lo declaró a Artigas su enemigo, le ordenó a José de San Martín que lo ataque, pero éste no les hizo caso y cruzó los Andes con su ejército para terminar con el dominio realista

    “Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad.” Con estas palabras, el general José de San Martín le imploró a José Gervasio de Artigas, el caudillo de la Banda Oriental, hoy República del Uruguay, para que depusieran sus diferencias y aunaran esfuerzos en la lucha por la independencia.
    Hacía ya tres años que el Congreso reunido en Tucumán había declarado la Independencia de la América del Sud, cuando el gobierno de Buenos Aires decidió sus objetivos. En vez de juntar fuerzas para culminar la guerra contra los españoles, se propuso utilizar los ejércitos para disciplinar las disidencias internas. Artigas era Protector de los Pueblos, título otorgado por las provincias de Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Misiones, Córdoba y la Banda Oriental. Sin embargo, Buenos Aires lo declaró su enemigo y, en medio de la guerra contra España, ordenó a sus dos principales generales, San Martín y Manuel Belgrano, que descuidaran al enemigo externo para dirigir sus tropas hacia el caudillo oriental. El primero desobedeció y pasó con su ejército hacia Chile. Tras realizar la epopeya de cruzar los Andes llegó al Perú, el corazón del poder realista. Por eso, lo acusaron de “robarse el Ejército”, aunque su actitud fue definitiva para terminar con el dominio español en América.    
    En esas circunstancias, San Martín decidió comunicarse en forma directa con Artigas. Lo hizo con una carta escrita en Mendoza, el 14 de marzo de 1819, que nunca llegó a destino porque fue interceptada en el camino por agentes porteños que impidieron esa conexión: “Noticias contestes que he recibido de Cádiz e Inglaterra, aseguran la pronta venida de una expedición de 16.000 hombres contra Buenos Aires: bien poco me importaría que fueran 20.000, con tal que estuviésemos unidos”.
Enseguida agregó: “Pero en la situación actual, ¿qué debemos prometernos? No puedo ni debo analizar las causas de esta guerra entre hermanos; y lo más sensible es, que siendo todos de iguales opiniones en sus principios, es decir, de la emancipación e independencia de España. Pero sean cuales fueran las causas, creo debemos cortar toda diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros crueles enemigos, los españoles, quedándonos tiempo para transar nuestras desavenencias como nos acomoden, sin que haya un tercero en discordia que pueda aprovecharse de estas críticas circunstancias”.
Le anunció luego que “una comisión mediadora del estado de Chile para transar las diferencias entre nosotros marcha a ésa mañana por la mañana; los sujetos que la componen son honrados y patriotas: sus intenciones no son otras que las del bien y felicidad de la patria”.
Concluyó la carta, muy parecida a un ruego, con esta definición: “Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón”.
En su desesperación porque la guerra civil no hiciera perder el norte de la lucha iniciada en 1810, San Martín también se dirigió a Estanislao López, caudillo de Santa Fe: "Paisano y muy señor mío: el que escribe a usted no tiene más interés que la felicidad de la Patria. Unámonos paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que los batiremos. Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La sangre americana que se vierte es muy preciosa, y debía emplearse contra los enemigos que quieren subyugarnos. Unámonos, repito, paisano mío. El verdadero patriotismo en mi opinión consiste en hacer sacrificios; hagámoslo, y la Patria sin duda alguna es libre, de lo contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud”.
“Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”,  agregó San Martín para concluir: “En fin paisano, transemos nuestras diferencias; unámonos para batir a los maturrangos que nos amenazan, y después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos, en los términos que hallemos por convenientes, sin que haya un tercero en discordia que nos esclavice”. 
Es que tanto San Martín como Artigas tenían muy en claro que la mejor manera de integrarse al mundo era la unidad de la América del Sur, con el mismo espíritu que sesenta años más tarde impulsó a José Hernández, en la voz de su Martín Fierro, a clamar por la unidad de los hermanos como único reaseguro de que no se los devoren “los de afuera”.