Miradas simplificadoras sobre unitarios y federales

Siempre existieron versiones que intentaron simplificar los conflictos nacionales: a los federales se los representaba como caudillos populistas y a los unitarios como doctores admiradores de Europa.

Cuando se intenta explicar la historia argentina suele decirse que a partir de 1826, con el derrocamiento del presidente Bernardino Rivadavia, cayó la autoridad nacional y las provincias retomaron su soberanía manejándose mediante acuerdos bilaterales entre ellas. Fue en ese momento cuando hizo eclosión un conflicto que se había planteado poco después de la Revolución de Mayo con el enfrentamiento entre Buenos Aires y el interior, y se desató la lucha entre unitarios y federales: los primeros partidarios de un gobierno centralizado, los segundos defensores de las autonomías provinciales.

 

Hasta aquí no existen diferencias en las corrientes historiográficas. El problema se presenta cuando aparecen versiones que intentan simplificar los conflictos nacionales, y entonces es común la ubicación de los caudillos en las provincias, en el bando federal, y suele describírselos como fieles intérpretes del sentir popular, mientras que a los unitarios se los identifica como doctores porteños, admiradores de Europa en detrimento de la cultura local.

 

Si bien esta postura tiene una parte de la verdad, distorsiona el relato de la historia al no incluir lo que falta, y es que no todos los provincianos eran federales, no todos los porteños eran unitarios, no todos los que se denominaban federales interpretaban el sentir popular, y no todos los unitarios despreciaban lo autóctono.

 

En 1816, los congresales en Tucumán para lograr la declaración de la independencia postergaron sus diferencias respecto del ideal de nación a la que aspiraban, que debía cristalizarse en una forma de gobierno. De hecho, después, cada uno siguió su camino en la política y en más de una ocasión se enfrentaron en bandos opuestos.
El mismo presidente de la sesión histórica, Francisco Laprida, diputado por San Juan, era unitario, fue gobernador de su provincia en 1823 y murió asesinado por las montoneras federales de Félix Aldao. Tomás Manuel de Anchorena, federal y porteño, fue ministro de Juan Manuel de Rosas y estrecho colaborador de su gestión. En cambio, Juan Martín de Pueyrredón, porteño y unitario, terminó apoyando al general Juan Lavalle, y debió exiliarse en Brasil y en Francia hasta 1849.

 

Otra evidencia de que la adscripción a la causa de la federación o de la unidad no siempre estuvo ligado al ser porteño o provinciano lo demuestra, entre otros documentos, una carta que el general Juan Facundo Quiroga, caudillo de La Rioja, le escribió desde Tucumán  al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, el 12 de enero de 1832, expresándole su opinión acerca de la organización que debía darse el país:

 

 “Usted sabe, porque se lo he dicho varias veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento. Pero mi opinión es muy humilde y respeto demasiado la opinión de los pueblos que constantemente se ha pronunciado por el sistema de gobierno federal. Por esa causa he combatido con constancia contra los que han querido hacer prevalecer por las bayonetas la opinión a que yo pertenezco, sofocando la opinión general de la República”.

 

Y después expresa con una sinceridad que asombra: “¿Cómo podré darle yo mi parecer en un asunto en que por las razones que llevo expuestas necesito explorar a fondo la opinión de las provincias, de las que jamás me he separado, sin embargo, de ser opuesta a la de mi individuo? Aguarde pues un momento, me informaré y sabré cuál es el sentimiento o parecer de los pueblos y entonces se lo comunicaré, puesto que es justo que ellos obren con plena libertad, porque todo lo que se quiera o pretenda en contrario, será violentarlos, y aun cuando se consiguiese por el momento lo que se quiera, no tendría consistencia, porque nadie duda que todo lo que se hace por la fuerza o arrastrado de un influjo no puede tener duración siempre que sea contra el sentimiento general de los pueblos”.

 

De esta manera, Quiroga se esforzaba por averiguar el pensamiento de quienes debía representar, que lo amaban y lo seguían ciegamente, al punto tal de bautizarlo con el nombre de “Tigre de los Llanos”, convencidos de que tanto él como su caballo contaban con poderes sobrenaturales que les permitían discutir y triunfar en las acciones de guerra. En esta muestra de racionalidad y de respeto por el pueblo, Quiroga se presenta como un modelo y como un pionero en preferir la representatividad al liderazgo.

 

Y nadie puede dudarlo: Quiroga era un caudillo, un hombre del interior, pero era unitario y tal vez, como ninguno, supo actuar de acuerdo con el sentir de su gente.